Los estigmas de los 'caballeros de la noche'

Seguridad ciudadana

Manuel Bojorge tiene 25 años, es uno de los más jóvenes de los vigilantes de la empresa El Laurel, que resguarda la seguridad en la Colonia del Periodista. Foto: Wendy Quintero

Los vigilantes de la Colonia del Periodista trabajan con pasión, pero en malas condiciones laborales

Por Inés Molina, Wendy Quintero y Guillermo Cortéz* | Jul 07, 2012

Al inicio la Colonia del Periodista era un terreno de varias manzanas, plano y ligeramente ascendente hacia el sur, contiguo a la Academia Militar de Nicaragua, donde el árbol más común era el laurel. El derrotado gobierno revolucionario del comandante Daniel Ortega, antes de entregar el poder donó la propiedad a la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN); y luego, desde el nuevo régimen, la presidenta Violeta Barrios de Chamorro logró que su homólogo Carlos Andrés Pérez, autorizara que el gobierno venezolano financiara el proyecto habitacional para beneficio de los periodistas.

Dos viejecitos que cuidaban la pequeña y de baja altura selva de hierro corrugado y cemento colado que se miraba mientras construían este proyecto de la UPN, eran también los únicos vigilantes cuando la Colonia del Periodista empezó a ser habitada hace 16 años.

Casi dos años después, fueron sustituidos por una empresa suigéneris, conformada por integrantes del cuerpo de protección física (CPF) despedidos del entonces diario Barricada en bancarrota, que convirtieron la debacle en una oportunidad.

Cuando en la Colonia del Periodista solo estaban habitadas 12 casas comenzaron a dar su servicio de vigilancia. “Éramos vigilantes de calle, pero la Policía nos obligó a formalizarnos”, recuerda Pedro Gutiérrez, gerente de la empresa.

Los fundadores de la empresa El Laurel en 1998, entre ellos Pedro junto José Velásquez e Isidro Morán, también fueron los integrantes del cuerpo de protección física (CPF) del diario Barricada. Los tres y el periodista Juan Ramón Huerta, quien aportó 30 mil córdobas de su liquidación en el periódico echaron a andar esta microempresa.

El total del capital que reunieron les dio para constituirse formalmente y comprar algunos uniformes (camisa verde chocoyo y pantalón verde claro), incluyendo botas, y seis armas. Antes de salir del diario obtuvieron unas gorras que el ahora fallecido comandante Tomás Borge había mandado a hacer para la campaña electoral, y las adaptaron para el uniforme.

Pero prontamente afloraron contradicciones. A Gutiérrez le molestaban las formalidades y Huerta precisamente insistía en ello: “Yo quería una empresa seria, incluso con personas formadas militarmente”. El periodista tuvo que renunciar tres meses después y sus socios le devolvieron a plazos el dinero que él había invertido. Aunque ha continuado apoyándolos con algunas gestiones como colono del lugar.

Huerta quería una empresa que pagara a sus empleados seguro social y todas sus prestaciones, incluyendo horas extras, pero costaba recaudar suficiente de entre los que pagaban el servicio de vigilancia, lo que generalmente solo daba para la planilla de la empresa. “La gente es dura de pagar”, señala.

La época de gloria

No obstante, hubo una época de gloria, cuando 180 de los 230 viviendas pagaban la vigilancia, es decir, el 78,3%, pero El Laurel, esta empresa de no empresarios, de gente humilde de extracción campesina, sin estudios formales calificados ni historia empresarial familiar, ha venido perdiendo credibilidad y con ello a los clientes, hasta el extremo de que actualmente solo el  42,2% paga, lo que equivale a 97 de 230 hogares.

De la jefatura de El Laurel se retiró por enfermedad José Velásquez, el jefe fundador de los CPF en el diario Barricada. Solo quedan Isidro y Pedro, quienes son como las dos caras totalmente distintas de una moneda: el primero, servicial, sonriente, comedido, amistoso, tolerante, solidario; y el segundo, enojado, pleitisto, intransigente, exaltado, indiferente.

Los vigilantes Cándido Pavón, Óscar Alberto Sequeira y René Isidro García, no solo tienen en común que son mayores de 50 años, sino una gran fuerza de voluntad y decisión de hacer bien su trabajo y de orgullo por ello. Los dos primeros, también coinciden en que, pese a la alta rotación laboral que existe en El Laurel, se las han arreglado para de trabajar ahí durante más de diez años.

En algún momento los vigilantes serán vencidos por la somnolencia, cerrarán los ojos y la cabeza se irá hacia adelante y abajo, buscando el pecho, sentados al borde de una acera, en una esquina, azotados por ráfagas de viento bajo las sombras de la noche, y sobresaltados por el paso veloz de un ratón o de un zorro mión, o el sobrevolar de un murciélago.

Generalmente son 24 horas de desvelo. Según Cándido Pavón, “tengo que hacerlo porque, ¿para dónde agarro?, tengo que ganar para la comida. Hacemos de tripa y chorizo”. Pavón ahuyenta el sueño caminando en la madrugada. En otras empresas no contratan a los de su edad, solo hasta 45 años. La mayoría no quiere trabajar en la vigilancia por el sacrificio que implica el desvelo, pero hay quienes no tienen opción.

Cándido, de 57 años, es de los que se preocupan por observar los vehículos que entran que no pertenecen a los habitantes de la Colonia. “Yo me voy a asomar adónde llega, otros vigilantes no”. También señala que algunos de sus colegas abandonan el puesto de trabajo cuando ocurre un robo, “pero no debe ser así, es meterle mente al trabajo. La empresa queda empatada y nunca levantan el salario”. Considera que su esfuerzo se ve compensado porque puede comer pollo una o dos veces a la semana.

 “Nos estamos cayendo rendidos y con sueño”.

Al mal salario que devengan los vigilantes se agregan las deducciones que deben asumir, por ejemplo, cuando los hallan durmiendo o cabeceando, lo cual suele suceder en las madrugadas que invitan de manera irresistible a la cama. A algunos también les quitan 100 córdobas el día de pago, como garantía para que regresen puntualmente a su siguiente turno.

Además, les molesta a los celadores que cuando se enferman, no les reconocen el día y la noche, aunque presenten constancia médica. Igualmente, si no avisan que se ausentarán porque están enfermos, pierden dos turnos en la rotación, y disminuyen los ingresos.

No crean que tras un turno tan pesado, el vigilante llega a su casa directamente a dormir, no pueden, es difícil dormirse de inmediato. Además, después de dormir, no quiere levantarse, “el cuerpo se siente como resentido”. René Isidro descansa en la cama, pero no duerme, por el calor. Al final de la tarde y en la noche, ya relajado, es que puede conciliar el sueño.

Enfrentan a delincuentes armados

A los vigilantes no les proporcionan armas de fuego, no solo porque no tienen la licencia que emite la Dirección de Armas y Explosivos de Managua (DAEM), de la Policía Nacional, sino por falta de las mismas. Los CPF llaman “DAEM” al permiso.

La empresa El Laurel  obtiene ingresos adicionales prestando servicios a algunas empresas como Delmor, pera tampoco les proporciona armas a los que vigilan los vehículos repartidores de embutidos. El año pasado la Policía incautó armas a la empresa por permisos vencidos, unas, y porque estaban en mal estado, otras.

Es evidente para Cándido Pavón que El Laurel incorpora a su planilla a gente inexperta e incluso a borrachitos, quienes se convierten en vigilantes irresponsables. “Hay unos que se esmeran, se sientan a platicar con las empleadas y la mayor parte del tiempo andan pidiendo comida”. Y hay otros que son muy confiados.

Cándido Pavón, durante diez años fue cabezalero, chofer de transporte pesado entre Guatemala y Panamá para la empresa chapina Transportes Monrozi, hasta que los asaltos y crímenes a conductores lo obligaron a renunciar y regresar a su Nicaragua natal, donde están sus siete hijos y siete nietos.

Sus 52 años le dificultaron encontrar trabajo a René Isidro García, pero no en El Laurel, donde solo laboró dos meses, el tiempo suficiente para reunir todos sus papeles y solicitar empleos de mejor remuneración.

René Isidro se lamenta de las condiciones de trabajo: un amansa bolos es la única arma con la que cuenta. No tiene pistola porque no hay en la empresa, y las que hay están malas.

Estima que el 80 por ciento de los vigilantes de El Laurel están ligados al vicio del guaro. “Hay borrachitos que hacen cuatro turnos y luego se van a beber y pierden dos”. Resiente que no hay seguro social ni vacaciones. “Si te enfermás, vas al hospital y sálvese quien pueda ahí”.

Tiene orden de no dejar entrar a los chavalos de otros barrios, pero siempre se les meten a los vigilantes y éstos tienen que sacarlos por la fuerza, y es difícil, porque son tres o cuatro. “Pero yo siempre logro sacarlos”, dice orgulloso René Isidro, quien revela su secreto: la persuasión, y solo en casos extremos se ha visto obligado a llamar a la Policía. No comparte el método de otros colegas que utilizan la violencia, lo cual genera intercambio de golpes y problemas.

Cuenta René Isidro que han agarrado a chavalos con espejos de carro en la bolsa o copas de llantas en las manos. Aunque en los dos meses que estuvo en la Colonia, no se produjo ningún robo, ni de noche ni de día.

Óscar Alberto Sequeira es otra de las excepciones en cuanto a durar en el trabajo: diez años. Vive con su esposa y dos hijos. Considera tan bajo el salario que lo llama una ayuda. Hace cinco o seis años escuchó decir que aumentarían el monto, “pero siguen en eso y nada”.

Un guarda frontera de vigilante

El gerente Pedro Gutiérrez considera que la seguridad que brindan es relativamente buena. El hecho de que haya cuatro entradas para vehículos dificulta el trabajo, de ahí la necesidad de instalar “agujas” donde actualmente tienen unas cadenas.

Razona que por el salario bajo, la mayoría de los vigilantes no quiere trabajar en la Colonia, entonces viene personal que no está capacitado; y los que ya están, tienen que redoblar, hacer un turno de 24 horas y otro de 24 horas más. “Pero no me duermo, hay que aguantar, hay que ponerle amor al trabajo”.

A sus 52 años, Óscar Alberto se siente poderoso, lo que atribuye a su entrenamiento militar, pues fue capacitado en Cuba y en los años ochenta fue soldado del entonces Ejército Popular Sandinista (EPS) como miembro de las Tropas Guarda Fronteras (TGF) en Waspán, Leymus y Cayos Miskitos, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN).

Como los vigilantes deben pagar la mitad del precio de las cosas que se pierdan durante su turno, Óscar tiene pendiente la última cuota por una llanta robada a una camioneta, valorada en 14 mil córdobas.

Se buscó información en el Ministerio del Trabajo (Mitrab) y el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) respecto a las anomalías que enfrentan los vigilantes en la empresa El Laurel, pero no se obtuvo respuesta por parte de las autoridades de esas entidades gubernamentales.

A Oscar Alberto se le ve con frecuencia pedaleando en una vieja bicicleta dando vueltas y vueltas por la circunvalación de la Colonia e internándose por las calles laterales. ¡Buen ejercicio! Pero Cándido Pavón no lo envidia: “¿Cómo no se va a rendir la gente de andar en ese chunche enganchado? A mí me iban a enseñar, pero me negué”.

En El Laurel hay una alta rotación de vigilantes y hay períodos en los que llegan oleadas de jóvenes, como recientemente, cuando aparecieron Manuel Bojorge, de 25 años, y Jairo García, de 19. Lo más difícil de ser vigilante es el desvelo, asegura Bojorge, un albañil que no encuentra trabajo en la construcción, y que empujado por la necesidad de mantener a sus dos niños de cinco y siete años, tomó este trabajo. También se resiente por las mojadas debido a la falta de un capote adecuado para protegerse de la lluvia.

Por su parte, Fabio Torres, responsable de seguridad ciudadana de la Colonia, sostiene que los vigilantes necesitan más apoyo de la población, y que “el nivel de seguridad que brindan está por encima de su pobreza y falta de equipos”. Su balance es que, pese a estar mal pagados, “los CPF brindan un nivel de seguridad aceptable”.

*Los autores son estudiantes del Diplomado de Periodismo Cívico de la Universidad Centroamericana.

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