"Se aceptan niños de primeras letras"

Educación

Socorro Dávila Portocarrero, es docente empírica desde hace 40 años. Foto: Valeria Dávila/Conexiones

Este 29 de junio se celebra el Día del Maestro en nuestro país. Muchos docentes enseñan desde fuera del sistema educativo formal y apenas reciben un conocimiento por el trabajo que hacen. Hoy rendimos un homenaje a aquellos profesores que han contribuido con la formación de las nuevas generaciones, a través de la historia de Socorro Dávila, una maestra con más de cuarenta años de enseñar.

Por Valeria Dávila | Jun 29, 2012

Son las ocho de la mañana. Empieza la metamorfosis de la sala de su humilde vivienda. El televisor que antes ocupaba el lugar principal es relegado a un rincón y en su lugar empiezan a ubicarse las sillas con sus respectivas paletas para los niños que recibirán clases durante tres horas.

Esta rutina se repite de lunes a viernes en casa de Socorro Dávila, docente empírica que tiene más de cuatro décadas de enseñar las primeras letras a los niños y niñas de su barrio.

“Yo empecé en el barrio Los Ángeles antes del terremoto. Empecé por pura casualidad porque había una muchacha, Cecilia, que daba clases ahí en el barrio. Entonces hubo una oportunidad de trabajo como policía y entonces la muchacha dejó de dar clases. Una tía mía llamada Esperanza me dijo “Hija y usted porque no agarra ese trabajo de dar clases porque quedaron los niños en el aire, ya la Cecilia no está trabajando en eso, está trabajando en el parquímetro, tantee me dice. Así fue, entonces puse un rotulito en la casa “Se aceptan niños de primeras letras”.

Más de cuatro décadas después el rótulo ya no es necesario, es ampliamente conocida en el barrio Villa Venezuela y fuera de éste pues los niños que antes fueron sus alumnos hoy llevan a sus hijos.

Socorro Dávila, tiene 68 años, es divorciada y vive con su único hijo. Mientras conversamos reflexiona y afirma “yo no me pude preparar porque vivía en otra casa – y ésta estaba en una zona rural-  y las clases eran de noche. Yo fui a la Normal y me iba a ayudar una conocida que es maestra titulada, entonces me dijeron que sólo de noche y los que venían de los departamentos era el día sábado. Yo tuve una falla porque yo hubiera dicho que vivía en Sabana Grande para que hubiera sido los sábados sino que yo no dije nada y entonces no pude”.

Doña Coquito, como la conocen en el barrio, se enamoró de la docencia desde que agarró el primer grupo de niños y niñas hace cuarenta años.

“Me gustó. Yo me acuerdo que yo no podía escribir letra de molde porque yo estudié en el Bautista hasta mi sexto grado. No seguí los estudios por mi papá (q.e.p.d.), que me perdone si mis palabras lo ofenden, pero él no me quiso poner. Yo estuve mal de la vista. Yo usé en sexto grado anteojos y entonces le pedí a él que me diera un año de descanso, que no iba a estudiar ese año, que era ya a primer año. Entonces me dijo él que sí, que me daba el año de descanso. Cuando se cumplió el año que ya abrieron las clases, le dije yo que me matriculara, entonces él ya no quiso. Ya no me matriculó y así me quedé. Ni yo hice nada por estudiar”.

Según la profesora Coquito, fue “hasta ya más vieja cuando me separé de mi marido que me dio la idea de ponerme a estudiar porque mi tía Chona me aconsejó, me dijo “hija busca como distraerte, no te encerrés en la casa, estudia, salí”. Entonces me puse a estudiar Secretariado”. Sin embargo, nunca ejerció esa profesión.

Lo que más me gusta es enseñar

En 1972, la vida de los Managua cambió con el terremoto que destruyó la capital. En ese momento fue interrumpida la vocación de esta profesora. Ella recuerda que después del terremoto se fue con su familia a vivir a una finca en la que no tenía dónde dar clases. “Y me hacía falta, fíjate que hasta soñaba con que ya estaba dando clases” asegura mientras ríe.

La vida de doña Coquito se resume en eso: enseñar. Su mayor placer es “que aprendan los niños. Tengo la paciencia de que el niño hasta que se aprende lo que yo le pongo a estudiar ya lo paso a otra cosa. No le voy pasando aunque no sepan, no. Eso es lo que me gusta, que aprendan. Y me gusta, me encanta que me digan que mi alumno es el mejor alumno de la escuela. Y tengo muchos. Ya toditos a los que he preparado son profesionales”.

A pesar de que la mayoría ha resultado en profesionales de éxito, la “profe Coquito”,  asegura que hay también sus ovejas descarriadas que terminaron siendo “vaguitos”, pero definitivamente prevalecen los que son ahora profesionales. “Ya ni los conozco cuando me saludan en la calle o vienen a la puerta a poner a sus hijos a clases y me dicen “¿No me conoce profesora? Usted me dio clases”, cuenta con cierta satisfacción.

La docencia le ha dejado muchas satisfacciones y motivos de orgullo. Un momento especial es precisamente cuando se reencuentra a un antiguo alumno que le agradece por haberle enseñado las primeras letras. “Yo me siento orgullosa y alegre. Me ha pasado muchas veces”.

Clases de Multigrado

La profesora Coquito no tiene preparación formal para la docencia, pero en la práctica tiene toda una metodología pedagógica. Su trabajo es principalmente con los niños más chiquitos. Les enseña las primeras letras a algunos y a otros les ayuda si van mal en clases en los colegios formales.

Actualmente tiene 14 niños y niñas que llegan de lunes a viernes de ocho a once de la mañana. Y cada uno lleva un ritmo diferente. “A mí me gusta que todos vayan bien. Otra cosa, yo le doy la clase a cada uno, uno por uno. Porque uno está en una cosa, comenzando por ejemplo los niños de pre-escolar, los que ya más o menos van a segundo grado. Tengo una niña que tiene dos años de estar aquí y ya va a ir a segundo o tercer grado, entonces esa está en otra cosa”, explica la profesora.

 

Un detalle interesante de su improvisada aula de clase es que no usa pizarrón “porque poner en el pizarrón sería para una clase general para que todos copien del pizarrón y yo es uno por uno que les explico. Uno por uno”, enfatiza la profesora.

“Nadie me va a decir a mí,  mire usted no le enseñó”

Los niños que pasan por esta escuelita pagada luego entran al sistema escolar formal, algunos logran que los colegios les hagan un examen de suficiencia y entran de un solo al segundo o incluso tercer grado.

“Cuando se va a matricular un niño que me le hacen la prueba de admisión y pase él nítido. Ese es un momento de satisfacción y de orgullo y nadie me va a venir a decir a mí, mire usted no me le enseñó. El niño va mal porque usted no me le dio bien la clase. Yo prácticamente doy multigrado: pre-escolar, primero, segundo, tercero, hasta cuarto grado. Ya de quinto grado no me comprometo porque ya son clases más pesadas, un poquito más pesadas y entonces tendría que desatender a los más chiquitos por dedicarme a los grandes”, asegura la profesora Coquito.

Algunos de los alumnos que ha recibido son casos que en sus colegios los ven como imposibles y están incluso a punto de que los expulsen. “Ahorita casualmente tengo dos niños que ya los sacaron del colegio, porque ya el semestral viene y no saben nada, nada, nada”, pero reflexiona y asegura que sin duda al terminar las clases con ella podrán incorporarse a la escuela formal con una mejor base.

Ex alumnos llevan a las nuevas generaciones

Doña Coquito no se hace propaganda, ni siquiera conoce sobre las redes sociales para promocionar su trabajo. No lo necesita. Su mejor publicidad es el trabajo que ha hecho por décadas, pues sus mejores clientes son precisamente sus ex alumnos, que ahora traen a sus hijos e hijas a aprender las primeras letras.

“Hay un señor que me dice “hola profesora, la profesora de generaciones”. Hay una señora aquí en el barrio a la que le dí clases y después me trajo a su hijo, él cuando me mira –ya es adulto también- es bien amorosito, cariñoso… eso también me satisface”.

Como en toda profesión, hay cosas buenas y cosas negativas. Para esta docente de generaciones, si hay algo que la hace sentir mal al estar ejerciendo esta noble profesión fuera del sistema educativo formal es que no le reconozcan su trabajo.

“Me hace sentir un poquito mal porque las mamás, los padres me piden algo (un certificado) cuando los niños van a salir de aquí de clases, entonces yo lo que les hago es una constancia. Hago constar lo que el niño sabe y pido eso en la constancia, que le hagan una prueba porque yo estoy segura que va a aprobar. Ese es el único motivo que me hace sentir un poquito mal porque hay ciertos colegios que me reconocen la constancia, ya me conocen. Mientras, otros colegios no”, asegura con un tono de tristeza y agrega “cuando a mí me dicen mire no me los aceptaron, eso me pone mal. No me gusta”.

La responsabilidad ante todo

La profesora Coquito sabe sus límites y tiene ciertas reglas. No acepta grupos demasiado grandes, ni estudiantes de quinto y sexto grado, mucho menos de secundaria. Y cuando detecta que un niño tiene problemas para asimilar las clases aconseja buscar ayuda. “Hubo un caso de un niño que parece que el niño era enfermo, lo tuve un año, pero el niño no avanzaba en el colegio, entonces yo le aconsejé a su abuelita que lo pusiera en un colegio especial y ahí lo tienen. Siguió el consejo”, dice con satisfacción.

A pesar del enorme trabajo que hace y la dedicación que le pone si algo tiene en común con los maestros y maestras que celebran su día este 29 de junio, es el mal salario que recibe con el agravante de que ella no tiene seguro que le respalde ni ningún beneficio extra ya que nunca le ha trabajado a nadie.

“Yo estoy bien cuando tengo varios alumnos, porque yo no acepto muchos. Lo más 24 alumnos porque no me gusta tener mucho porque los desatiendo. Pagan 70 semanal, les sale como a diez córdobas el día. Que yo creo que no es muy caro. Yo me dí cuenta que en otro sector hay quienes cobran entre 20 y 30 córdobas la hora”, asegura la profesora quien prácticamente regala su trabajo cobrando menos de cinco pesos por una hora de clase personalizada.

“Hace poquito le aumenté porque viendo la situación todo más caro le aumenté. Yo cobraba cincuenta córdobas, entonces me dijo un ex alumno “Ideay profesora todo ha subido, sólo su clase quedó congelada”.

Algunos se van sin pagar

A pesar de los bajos precios para sus clases, aún hay quienes se han llevado a sus hijos sin pagar por las clases recibidas. “Hay quienes me pagan semanal, dos o tres quincenal. Una señora quedó de pagarme el mes completo y ya no me pagó. Se me fue debiéndome. Ese es otro punto que cuando ya no pueden pagarme se van con deuda. Comienzan bien, les digo miren la clase –porque no cobro matrícula tampoco- la clase se paga adelantado el día lunes que comienzan pero ya luego van pidiendo prórroga”, indica en un tono de preocupación.

Su única forma de ingreso son sus clases. Al preguntarle por los momentos difíciles que ha tenido que enfrentar sin titubear asegura que aunque casi no ha tenido momentos difíciles, sin dudas el peor ocurrió “cuando me enfermé hace casi 9 años, que no dí clases cinco meses. Ese fue el momento más difícil porque yo me mantengo de eso (dar clases) y entonces no tenía ingreso, pero gracias a Dios, las amistades y a mi familia, me ayudaron también del vecindario en traerme mi comida. Yo comía por manos de otras personas. Hasta que yo me sentí… y estaba un poquito mal todavía cuando comencé a dar clases después de una semana santa me acuerdo. Y me estaban esperando como ocho alumnos que les dijera ya voy a dar clases”.

Sin embargo, recientemente la profe “Coquito” tuvo que enfrentar otra crisis generada por la naturaleza. La lluvia del 25 de mayo de este año, inundó su humilde vivienda y la hizo perder algunos enseres y electrodomésticos. Nuevamente la solidaridad de sus vecinos y antiguos alumnos se hizo presente, pero aún tiene algunas carencias y necesidades que solventar.

En su humilde vivienda hace falta mejorar el techo, reforzar las paredes y recuperarse de las pérdidas que le dejó la lluvia, entre ropa, electrodomésticos y utensilios de cocina. “El agua nos llegó a la cintura y las sillas flotaban”, recuerda con amargura, pero los vecinos me ayudaron a sacar el agua y el lodo. Incluso vino la coordinadora del CPC del barrio a dejarnos colchonetas esa noche, según recuerda la profesora.

A pesar de esas viscisitudes, lo que no hace falta en esta humilde vivienda es la vocación y la pasión por enseñar prácticamente todo el año “yo no me doy vacaciones” asegura la profe Coquito y “a los niños tampoco les doy vacaciones, sólo ciertos días y en semana santa. Por ejemplo, el primero de mayo, el 14 y 15 de septiembre”.

Son casi las 9 y una de las niñas lee la lección para la profesora, mientras el resto de niños y niñas se concentra en su propia tarea y espera su turno para que la profesora de generaciones le tome la lección, una labor que espera seguir haciendo por mucho tiempo más.

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Las clases que imparte la profesora Coquito, son personalizadas. Cada estudiante es atendido de acuerdo a su nivel académico. Foto: Osmán Baca/Conexiones

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