El drama de ser un damnificado

Reportajes

Conexiones visita un albergue en el Barrio Acahualinca, en la zona costera del Lago de Managua, donde pudo constatar que los niños duermen sin frazadas, en el piso, que están expuestos a enfermedades e infecciones, y donde el racionamiento de alimentos mantiene en el desconcierto a unas 140 familias, que aún desconocen cuándo sus vidas podrán regresar a la normalidad.

Por Mauricio Miranda | Sep 03, 2010

En el cielo nublado se vislumbra la pesadilla, y aquí abajo en la tierra, la desesperanza. Como si se tratara de una plaga descrita en los textos bíblicos, familias enteras se arropan con lo que tienen a la mano, sábanas desgastadas, colchones húmedos y carcomidos, para recibir como una condena el día número quince de lluvias continuas y congelantes.

Aquí, en este Barrio Acahualinca, donde en otra época las comunidades indígenas disfrutaron de las aguas mansas del Lago Xolotlán, hoy la fuerza de la naturaleza no se inmuta al descargar su saña sobre cientos de mujeres, hombres, ancianos y niños que huyen de las corrientes tratando de preservar lo poco que les queda, y la vida.

Hasta este martes, en las aulas de la desvencijada escuela que sirve como refugio, se albergaban 113 familias. Pero las lluvias continuaron cayendo, siguiendo al pie de la letra los fatales pronósticos satelitales, de manera que quienes se habían logrado acomodar en el rincón menos húmedo, en las contadas hamacas colgadas de los techos de estos improvisados habitáculos, administrando a como podían las escasas provisiones sobre todo para los niños, desde el amanecer del miércoles han tenido que compartir su nuevo hogar con 27 nuevas familias damnificadas.

Niños y niñas se llevan la peor parte

Sobre una colchoneta tan fina y tan sucia que apenas hace alguna diferencia con el piso lodoso, un niño duerme plácidamente sin despertarse por el zumbido de las moscas que revolotean sobre su cabeza. Una joven con semblante apagado que amamanta a su bebé, lo observa desde otro rincón, pero al notar nuestra presencia desvía su mirada hacia fuera a través de las ventanas, donde el sonido que produce la llovizna tierna parece decirle que guarde silencio, y nada más.Unas 545 personas se encuentran refugiadas en este albergue en el Barrio Acahualinca, donde los niños intentan recrearse un poco en medio de tanta calamidad.

Hasta hace unos días, montones de niños aprendían aquí sus primeras letras. Esta tarde, tratando de tranquilizar el hambre y la desolación con juegos que ellos mismos se han inventado, corriendo descalzos detrás de una lata vacía, esos mismos pequeños aprenden lo duro que puede ser la vida, aunque nada de este drama sea culpa de ellos.

Algunos damnificados relatan a Conexiones que se sienten atrapados. Pero ellos mismos reconocen que no tienen otro sitio donde ir. La mayoría en este lugar, provienen de la zona conocida como los Bajos de Acahualinca, donde en situación normal, si no viven amenazados por las corrientes que arrasan con todo durante las inundaciones, igual tienen que estar pendientes por las aguas negras que provienen de una buena parte de la capital. Y se resignan a que les tocará esperar, a ver qué dicen las autoridades encargadas de lugar.

Sentadas en unos pupitres maltrechos a mitad de un pasillo, un grupo de madres contempla a sus hijos que corretean tras una pelota desinflada en el centro de la cancha de básquetbol. La imagen de esos rostros anegados por la lluvia y el infortunio --donde los pequeños encuentran en lo que sea alguna manera de distraerse, expuestos a hongos en la piel y catarros que pueden ser fatales, y los adultos caminan de un lado a otro como desorientados y sofocados bajo la brisa punzante--, refleja el mismo drama que viven miles de familias en Managua y en buena parte del país, aunque autoridades como la jefatura de Defensa Civil afirme que estas penurias aún no alcanzan el nivel de desastre.

¿Reportes oficiales manipulados?

“La alcaldesa (Daysi Torres) trajo provisión para cada familia. Pero aquí no se nos ha entregado. En la Radio Ya y Canal 4 se dice que ya se nos entregó, y eso es muy falso. Aquí no nos han entregado colchoneta. Nada”, relata a Conexiones Eimi Roa, madre de dos pequeños, uno de ellos, según ella, con una afección por catarro que cada día que pasa parece empeorar.

Esta fue la queja que recibió este medio por parte de algunos damnificados: provisiones en sacos llevadas por la Alcaldía desde el martes, que las autoridades en el sitio se niegan a entregar. “Ella (Torres) lo trajo, porque nosotros lo vimos. Está aquí, pero no lo quieren dar. Ese mismo martes dijo que se nos repartiera, y no se nos ha entregado nada”, reitera Eimi.

“Yo tengo un niño enfermo, que lo tengo con calentura, tos, puro granos los pies. Y aquí no traen nada. No sabemos hasta cuándo vamos a estar así, porque el agua todo se nos llevó. No tenemos ropa, no tenemos nada”, afirma la señora, mientras el resto de mujeres a su alrededor intenta desahogar con nosotros su propia desventura.

Una niña, vestida con ropitas blancas pero descalza, se acerca al regazo de doña Eimi. “Esta niña andaba desnudita, y anda ropita porque le regalaron. Por lo menos una frazada que nos den, para que los niños no duerman en el piso. Yo le hago este llamado al gobierno, que se acuerde que nosotros votamos por él. Ayer todo el día aguantamos hambre. No comimos en dos días. Nosotros no importamos, son los niños”, insiste la señora.

De repente, un grupo de niños se amontonan en un punto sobre uno de los pasillos, bajo el dintel de una puerta. Luego llegan madres, y luego muchachos. La mujer a la cual tienen rodeada apenas se puede mover. En un balde metálico lleva un poco de leche. La señora, pequeña y robusta exige orden, y reitera para todos, la orientación: “¡Sólo niños de cero a dos años! ¡Sólo niños de cero a dos años! ¡Ustedes ya saben cómo es! ¡Sólo niños de cero a dos años!”.

Algunos se dan la media vuelta, pero otros permanecen de pie frente a ella, con un tarrito en las manos, o una lata de gaseosa vacía, para recibir aunque sea una porción. Al final, la leche escasa destinada a los bebés, se termina repartiendo a todas las manitos extendidas para quienes la edad no puede ser una distinción.

“De toda la ayuda que ha venido, no han entregado nada”

En el interior de otra aula, una pareja joven cubre con una frazada a su bebé. Y después de cruzarse mirada entre ellos mismos, el muchacho finalmente se decide por hablar. “Cuando vienen aquí los canales, solamente ellos (los encargados del albergue) hablan. No vienen a hablar con los que estamos albergados aquí. Parece que con esa condición, dejan entrar a los canales, que no hablen con los que están albergados”, afirma a Conexiones.

Y con un poco más de confianza, expresa otras demandas: “Aquí la gente parece que tiene miedo a hablar. Aquí la gente dice que no se les dio de desayunar, de almorzar y de cenar. Y otra cosa: se está pidiendo más ayuda, y dicen que no hay comida. De toda la ayuda que ha venido, no han entregado nada. Supuestamente entregaron papel higiénico, jabón de lavar traste, jabón de baño, jabón de lavar ropa. Otra cosa: vinieron pampers y aquí los niños no tienen pampers. Ustedes están de testigos”.

Víctor Manuel González, unos de los coordinadores del albergue, escucha de Conexiones las quejas planteadas por los damnificados, y admite que este miércoles, un problema burocrático retrasó la entrega de las provisiones.

“Vino el delegado del Ministerio de Educación, algunas autoridades, planteamos esto, y dijeron que hoy ya iban a facilitarnos la alimentación a la gente. Hoy (jueves) en la mañana ya se nos entregó a como estaba planteado”, dice el miembro del Poder Ciudadano, quien afirma que a diario, en este albergue, se cocinan unas 231 libras de granos, para alimentar a las 545 personas refugiadas.

González dice que la provisión entregada por la Alcaldía de Managua, cubriría las necesidades de alimentos por 12 ó 15 días, pero que tras la llegada de las nuevas 27 familias damnificadas, tendrán alimentos para ocho o nueve días.

“¿Podrá regresar pronto esta gente a sus casas?”, le preguntamos. “No. El agua está hasta la cintura. Otros están hasta las rodillas. Hay niños afectados por el asma. Vos sabés, hay niños afectados por la piel. A las personas les da hongo, catarro. Vivir y comer ahí es estar en la podredumbre”, sentencia.

El cielo permanece gris. La llovizna inalterable. Ya empieza a oscurecer. En los rostros de todos en este refugio, el mensaje está claro: otra noche más encerrados. Esperar. Una noche más.

Los pequeños se entretienen mirando la televisión, mientras afuera se informa que las porciones de provisiones podrían disminuir.

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